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  El lugar donde van a parar los escritos extraviados  




El instituto maldito (Sandri)

 
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Portal » Foros de discusión -> Concurso Relatos Cortos -> Relatos 2º concurso 2010 (NUEVO!)
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Grimpow
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Ubicación: Antes de terminar en la isla...vivía en la comarca de Úllpens...
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MensajePublicado: Mie May 26, 2010 3:47 pm    Asunto: El instituto maldito (Sandri) Responder citando

EL INSTITUTO MALDITO


Abrí los ojos y lo volví a ver... Me acerqué poco a poco hacia el lugar donde estaba, cuando de repente, se giró y me miró a los ojos.
Fue en ese instante, mientras sostenía su oscura mirada, cuando comprendí que, pasara lo que pasase, no se detendría hasta verme muerta.
Me volví y eché a correr en dirección a las escaleras, maldiciendo el momento en que se me había ocurrido asomarme a aquel laboratorio oculto en un enorme instituto. Maldije mi curiosidad, maldije a mi mano por haber empujado aquella puerta, maldije a mis ojos por haber visto lo que no deberían ver. Maldije incluso el hecho de que mis padres me hubieran inscrito en este instituto del que ahora trato de escapar.
Y me maldije a mí misma, tal como me maldigo ahora por haberme metido en este lío. ¿Dónde está la dichosa salida de este gigantesco edificio? Estoy perdida, a merced de un extraño ser con poderes sobrenaturales. Ha de tenerlos, pues, de otro modo, ¿cómo podría haber aparecido delante de mí cuando yo lo acababa de dejar atrás? Bloqueó la salida, bloqueó las escaleras de bajada para obligarme a permanecer aquí más tiempo...
Y lo ha conseguido, desde luego. No sé cuánto tiempo llevo dando vueltas por el segundo piso del instituto, con sus fríos y amplios pasillos, pero por los balcones puede verse el claustro, presidido por una enorme fuente del siglo XIX. La primera vez que me asomé por él aún había luz, pues acababa de sonar el timbre que indicaba la salida, a eso de las tres de la tarde. Ahora apenas puede verse algo más allá del reflejo del agua de la fuente, que reluce a la luz de la luna. Y yo sigo aquí, encerrada entre estas paredes, sin tener ni idea de cómo voy a escapar de ese ser que se mueve por el instituto.
Apenas llevo unos días viniendo a este lugar. Me acabo de mudar a esta ciudad por motivos de trabajo de mi padre, que es empresario, y tanto él, como mi madre, como mi hermano pequeño se han adaptado rápidamente a la vida aquí. Pero yo no. Mientras que el enano ya tiene cientos de amigos entre las clases de secundaria, la gente de bachillerato no acaba de aceptarme, y no les culpo.
Siempre me ha costado mucho adecuarme a los cambios, al contrario que a mi familia, y me vuelvo más huraña y cerrada que de costumbre. Algunas chicas de mi clase han intentado hablar conmigo, pero no puedo evitar contestarles escuetamente y, mientras que algunas se lanzan a contarme sus vidas, yo sólo soy capaz de decir mi nombre, mi edad y mi fecha de nacimiento. Y mucho es. Supongo que es una fase y que, con el tiempo, podré contar yo también mi vida con la facilidad con la que las chicas de mi clase me cuentan las suyas.
Pero el no tener amigos no es mi único problema. Otro, más importante, es que aún no he logrado formarme un mapa mental del instituto en mi cabeza. Me he perdido por lo menos seis veces en estos días, y por ello ahora soy incapaz de saber cómo salir de aquí. No sé cuál es el camino a seguir. Si me aventuro por las escaleras de mármol rojo, quizás me aleje más de la salida en lugar de acercarme a ella. Si accedo a la otra parte de esta segunda planta, puede que me encuentre más atrapada y con menos posibilidades de huir en caso de que ese ser me alcance. La otra opción que me queda en volver por donde he venido, hacia ese laboratorio que me pareció extraño desde el primer día...
Fue en una de las clases de Historia del Arte, para las que tenemos que ir a la sala de Audiovisuales, pues la profesora lo va explicando todo con diapositivas e imágenes del edificio, pintura o escultura que nos toque ver. Para no perderme, opté por seguir discretamente a las chicas de mi clase y luego fingí que había llegado sola. Mientras esperábamos a la profesora, me llamó la atención la puerta cerrada a cal y canto que hay junto a la sala de Audiovisuales, en la cual podía leerse un letrero que rezaba: “Laboratorio de Fotografía”. Beatriz, una de mis compañeras, se dio cuenta de mi mirada y me dijo:
—Por mucho que la mires, no va a abrirse.
Volví la vista hacia ella por si se estaba burlando de mí, pero no lo parecía. Sonreía amablemente, como dándome pie a conversar con ella. Y eso hice.
—¿Y eso por qué?
—No se sabe. —Beatriz se encogió de hombros—. Nunca nadie de este instituto ha visto el interior del Laboratorio de Fotografía, ni siquiera los que llevamos aquí desde los once o doce años.
—Qué extraño —comenté—. ¿Por qué querría un instituto tener un Laboratorio de Fotografía si luego no lo va a usar?
—Que no se use en horas de clase no quiere decir que nadie lo utilice nunca —repuso Beatriz misteriosamente.
—¿Qué quieres decir? —No sabía a ciencia cierta si, ahora sí, se estaba quedando conmigo.
Beatriz se me acercó, echó una mirada en derredor y, tras comprobar que nadie podía escucharnos, me susurró al oído:
—Se dice que, cada tarde, cuando los estudiantes abandonamos el instituto, un desconocido se desliza hasta esta habitación y realiza experimentos prohibidos con los alumnos que se retrasen en su camino hacia la salida. En realidad, ese desconocido es un demonio con apariencia humana, que quiere reclutar a un ejército de estudiantes para convertirlos también en diablos y que acaben con todo el resto de la humanidad. Así, los demonios podrían abandonar el horrendo infierno y poblar la Tierra, para intentar luego conquistar el cielo y eliminar a los ángeles...
La miré, asombrada. Ahora sí que estaba de coña.
—Por supuesto, todo eso no es más que un rumor —concluyó Beatriz con una sonrisa deslumbrante, como si en los últimos segundos no hubiera estado soltando una sarta de sinsentidos cosechados de su propia imaginación.
Ahora comprendo lo estúpida que fui aquella mañana. Bea no había soltado una sarta de sinsentidos cosechados de su propia imaginación; había dicho la verdad, sólo que ella ignoraba que lo fuera. Sus palabras me habían dado qué pensar y, dos días después, es decir hoy, decidí, por disparatado que pudiera sonar y por tonta que pudiera parecer, comprobar si aquello realmente no era más que un rumor.
Esta tarde, a las tres, en lugar de dirigirme a la salida con el resto de los alumnos del instituto, fingí haber olvidado algo en la clase y me escabullí hacia el Laboratorio de Fotografía, al lado de Audiovisuales. Durante unos minutos anduve por allí sin ver nada, pensando que me había dejado engañar como una idiota, y a las tres y diez me dispuse a irme. Pero, justo cuando comenzaba a bajar las escaleras, oí unos pasos en el otro extremo que indicaba que alguien las estaba subiendo. Sorprendida, decidí esconderme en la clase de primero de Bachillerato, que se encuentra frente a Audiovisuales, y desde allí aguardé para ver a quien subía las escaleras.
Entonces, un profesor que yo había visto alguna vez en el instituto, pero que no me daba clase, se plantó en mitad del pasillo, en dirección al Laboratorio de Fotografía. Sólo pude verle el rostro una vez, pero no me pareció percibir en él nada extraño que predijera que fuera a hacer algún disparate.
Pero lo hizo.
Cuando entró en el Laboratorio de Fotografía, me atreví a escabullirme hacia la puerta, que él había dejado entreabierta, y me asomé procurando no ser vista. Me encontré con una sala oscura y tétrica, llena de extraños aparatos que parecían construidos con el único fin de torturar, y de máquinas cuyo uso no me atrevía a imaginar.
Y, tal como el propio nombre del lugar indicaba, también había fotografías. Fotografías de estudiantes a los que no había visto nunca, algunos jóvenes, otros algo mayores. Algunos aparecían en varias imágenes, otros sólo en una o dos. Pero todos y cada uno de ellos habían sido retratados junto a ese profesor, al cual yo había visto entrar en el Laboratorio, pero al que no podía ver ahora desde donde me encontraba.
Cerré los ojos y suspiré, confusa. ¿Cómo podía haber aparatos semejantes en aquel instituto? ¿Quiénes eran aquellos estudiantes? ¿Por qué aquel profesor aparecía siempre junto a ellos?
Entonces, cuando abrí los ojos, me lo encontré frente a mí, con sus ojos negros como la obsidiana clavados en los míos. Asustada, eché a correr, pero él se situó, aún no sé cómo, en mi camino hacia las escaleras descendentes, obligándome a subir al segundo piso...
Y aquí estoy, muerta de hambre y miedo y escondiéndome de un profesor más rápido que yo. Eso, o que puede volar. Pero esto ya sería el colmo de males, así que desecho esa idea, aferrándome a mi lógica. Sólo quiero salir de aquí...
De repente, unos pasos en la escalera de mármol rojo me empujan a esconderme tras la esquina. Desde aquí atisbo hacia el lugar del que proceden los pasos, esperando encontrarme con ese profesor.
Pero, en lugar de ello, descubro a un enorme ser de piel roja, cuernos de cabra y cola acabada en punta ascendiendo por las escalinatas. Va farfullando algo que no logro entender, pero prefiero evitar oírlo para concentrarme en hallar un modo de escapar.
—Antes tienes que acabar con él —susurra de pronto una voz en mi oído, haciéndome dar un respingo.
Me tapo la boca con la mano y me quedo muy quieta, deseando que ese ser no se haya dado cuenta de que estoy aquí. Me giro y me encuentro con un niño pequeño, más que mi hermano, con los cabellos rubios y los ojos del color del chocolate. Me sorprende encontrarlo aquí. ¿De dónde ha salido? ¿Y por qué... parece transparente?
—Puedes ver a través de mí porque estoy muerto —responde el niño a la pregunta que no he formulado—. Por eso no debes hablar ni hacer ruido, o acabarás como yo. Sólo escucha.
Trago saliva, pues la garganta se me ha quedado seca, y asiento lentamente.
—El único modo de acabar con ese ser y su laboratorio, donde está creando a más demonios como él, es exponiéndolos a una explosión —me revela el niño—. Son fuertes, sí, pero no sobrevivirían a una explosión. Así que debes provocar una y luego huir.
Me dan ganas de decirle a este niño que está majara. ¿Cómo voy a provocar una explosión? ¡Acabaría con el instituto y con los edificios a su alrededor!
—Es un gran riesgo —prosigue—, pero es el único modo. Si lo dejas vivo, seguirá cazando alumnos para arrastrarlos al infierno.
Bueno, mirándolo así...
—Por el momento, debes alcanzar la otra parte de esta planta. Ahora el diablo se encuentra rodeando el edificio, y sin duda te oirá si echas a correr. Por eso voy a ayudarte.
No sé qué es lo que ha hecho, pero, cuando me indica que eche a correr y le obedezco, mis pasos no retumban en el suelo. Envalentonada por ello, corro más deprisa, hasta que llego a la puerta que conduce a la otra parte de la segunda planta, donde están las aulas. El niño me señala una de ellas y yo entro con cuidado de no hacer chirriar la puerta. Pero no hace ruido. Nada hace ruido.
Entonces me percato de que el chaval me ha conducido al aula de informática. No hace falta que me diga nada, porque me huelo lo que quiere que haga. Como si del azar se tratara, en la mesa del profesor hay una botella de agua. Me dirijo a ella y le quito el tapón. Miro a mi alrededor, pensando cómo voy a escapar cuando vierta el agua sobre los ordenadores. Pero el niño, cuyo nombre aún desconozco, me dice:
—Tienes que arrojar el agua desde el balcón y después saltar. No debes tener miedo, no te harás daño ni ese ser te escuchará. Por cierto, me llamo Bruno.
No consigo hacerme a la idea de que este niño puede leer mis pensamientos. Supongo que es normal, porque hace apenas unos minutos que lo conozco. Pero me está ofreciendo ayuda, así que no voy a ser tan tonta de rechazarla.
Sin embargo, sí que me cuesta hacer lo que ha dicho. Mojar los ordenadores y hacer explotar el instituto... Cualquiera que escuche esto sin conocer el porqué tengo que hacerlo, creerá que soy una rebelde que odia su instituto. Pero lo cierto es que no es así, apenas he tenido tiempo de odiar este lugar, pues no debo llevar más de diez días acudiendo a él para dar clase. Aun así, se me hace duro tener que hacerlo estallar por los aires...
—Es la única salida —me dice Bruno—. Si no lo haces ya, te encontrará y te someterá al mismo experimento al que nos sometió a mí y a muchos otros. Éramos estudiantes, como tú, y se las arregló para hacernos caer en sus redes... Quiso convertirnos en diablos, como él... Pero ninguno de sus experimentos ha dado aún resultado y hemos muerto. Todos. No debes permitir que te lo haga a ti también, o a otros después de ti.
Tiene razón. No debo dejar que siga matando alumnos, sean pequeños como Bruno o mayores como yo. Esto tiene que acabar, y el único modo de hacerlo es mojando estos ordenadores y saltando por la ventana. Esto último no me reconforta demasiado, pero ¿qué puedo hacer?
Guardo silencio. Escucho los pasos de ese ser, que ha terminado de recorrer la otra zona de la segunda planta y ahora se está acercando a esta, a la sala de informática, donde yo me encuentro con una botella de agua entre mis manos. No debo dejar que me vea o sabrá lo que me propongo.
Cierro los ojos. Inclino la botella. Ya le he quitado el tapón, así que la sacudo en dirección a los dos ordenadores más cercanos y el agua impregna sus cables. No tardarán en estallar. Retrocedo hasta la balconada y me asomo al exterior. Miro a Bruno, que aguarda a mi lado con una sonrisa, invitándome a saltar. Me sorprendo de nuevo al comprobar que puedo ver a través de él.
—Salta ya —me insta—, o será demasiado tarde. No te pasará nada. Confía en mí.
Y, aunque apenas lo conozco, sé que confío en él.
Cierro los ojos y me lanzo al vacío.
Ni siquiera he comprobado si hay algún coche pasando por delante del instituto, o alguna persona en la plaza. Pero ya he saltado, los ordenadores están mojados, y el instituto entero volará por los aires en pocos segundos...
De pronto noto que eso me da igual, porque voy a morir. Me he tirado por la ventana y voy derecha hacia el suelo. No tardaré en estrellarme...
Pero no me estrello. No sé cómo ni cuándo, pero mi velocidad se ha reducido. Caigo suavemente sobre el asfalto, completamente ilesa. Bruno aterriza a mi lado y le sonrío a modo de agradecimiento. Entonces, me indica que me levante y eche a correr.
—¿Y tú qué? —me atrevo a decir, ahora que ya estoy fuera del instituto.
—Tengo que seguir aquí —me responde mientras me alejo—. Aquí fallecí, así que aquí se quedará mi alma. No puedo acompañarte, pero tienes que alejarte para que la explosión no te afecte.
Me cuesta. Apenas llevo unos minutos con él y ya me cuesta dejarlo. Me da pena por él. No debía de contar más de doce años cuando ese ser lo asesinó. Y tiene que quedarse aquí...
—Aún no tenía doce años —dice con una sonrisa triste—. Pero no debes preocuparte ahora por eso. Vete, Elena, vete y no vuelvas para mantenerte a salvo.
Le obedezco. Aunque no quiero dejarlo aún, mis pies se giran y echan a correr por en medio de la calle, actuando casi por su cuenta, como si tuvieran vida propia. Comprendo que es el propio Bruno quien me ha impulsado a alejarme del instituto y, aunque quiero girarme a mirarlo, no me lo permito. Cuanto antes deje atrás toda esta historia, mejor.
A mi espalda, cuando ya casi he dejado tres calles de distancia, resuena una explosión.

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